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EDITORIAL
Lucrecia Escudero Chauvel
Dos disciplinas de la modernidad
Cuando Cristina Peñamarín propuso al comité de redacción
de deSignis coordinar un encuentro académico en torno a las relaciones
entre comunicación, semiótica y estudios culturales planteaba
un doble desafío: encarar un balance (necesario) entre la semiótica,
disciplina del sentido y de los textos, y los estudios culturales, disciplina
de la posmodernidad, ambas emergentes de las ciencias sociales en el análisis
de las formas de articulación de prácticas sociales simbólicas;
y revisitar ese vasto territorio que se denominó en las décadas
de 1960 y 1970 ideología y ese crucial y anticipatorio
debate, sin duda de inspiración gramsciana, que atravesó
toda América latina sobre la noción de cultura popular,
cultura de masas, de dependencia y de imperialismo cultural. Este número
es la consecuencia. La hora está para un came back con fuerza
de estas temáticas porque nos permite cuestionarnos simultáneamente
qué hacía (y qué hizo después) la semiótica
y cómo comenzaron y dónde terminaron los estudios culturales.
Umberto Eco (1964) registró con magistral síntesis la contradicción
que planteaba la irrupción de los medios y de la industria cultural
descripta por Edgard Morin (1962) entre los apocalípticos y los
integrados: los primeros son una obsesión del dissenter ¿hace
mal el Pato Donald?, los segundos terminan asimilados en el conformismo
de la academia y en el sillón confortable del espectador televisivo.
La posmodernidad ha eximido de culpas a todo el mundo, al punto que otro
gran debate que atravesó el período y que podríamos
llamar una contradicción secundaria me refiero
al de formalistas y antiformalistas, entre modelizadores y empiristas
jamás se resolvió, y el problema de la ideología
como conjunto de representaciones de una cultura dominante dejó
de formar parte de la agenda de los semiólogos y de la metodología
de los investigadores en comunicación por falta de respuesta adecuada.
Para completar el cuadro, una tercera problemática se sobrepone
a las anteriores, la del punto de vista del investigador y la de la colonialidad
inscripta en toda disciplina que observa (la marginalidad, el intersticio,
otras culturas) como ejercicio de un determinado poder. Ahí se
vuelve clave la colaboración de Walter Mignolo en la arquitectura
de este número.
Si en su acepción clásica una cultura es el desarrollo de
un conjunto integrado y organizado de prácticas sociales entre
ellas la comunicativa, la semiótica consideró originariamente
como objeto propio la descripción de la vida de los signos
en el seno de la vida social (Saussure) y vio en los textos de la
cultura de masas un tipo particular de práctica discursiva. Por
su parte los estudios culturales, inicialmente de raíz anglosajona
(Raymond Williams (1921-1988), Richard Hoggart (1918), Edward Thompson
(1924-1993), Stuart Hall (1932)), trabajarán desde un punto de
vista casi etnográfico el análisis de las prácticas
de consumo de la literatura popular, de la televisión y las formas
de apropiación de esta incipiente cultura de masas que luego se
volvería la cultura hegemónica de la modernidad. No es por
azar que tales estudios derivarán luego en análisis sobre
la recepción de los medios y la constitución de los públicos
(Morley 1992).
Una hipótesis: la irrupción casi simultánea de los
estudios culturales y de los estudios semióticos son una respuesta
para dar cuenta de los nuevos objetos que nos presentaba la modernidad
de la segunda mitad del siglo xx, como antes la antropología trató
de dar cuenta del colonialismo europeo y la sociología de la aparición
de la sociedad industrial. La creación en 1964 del Center for Contemporary
Culture Studies (CCCS) en Birmingham, fundado por Hoggart y al que se
incorpora inmediatamente Stuart Hall, es prácticamente contemporáneo
del proyecto editorial que inicia en Francia la revista Communications
(1961) donde Eco publicará su lectura de Steve Canyon y Barthes,
en 1964, analizará las pastas Panzani. La posición es de
resistencia pero también de curiosidad no desprovista
de un cierto optimismo: se estaba construyendo un nuevo objeto de estudio
y la semiótica se veía a sí misma como un potente
instrumento heurístico de descripción y análisis.
Y aquí se produce el primer clivaje con los intelectuales latinoamericanos,
que muy tempranamente tratarán de estudiar las formas de la cultura
de masas en el marco de un debate fuertemente político entre la
hegemonía de la cultura americana, tanto en sus productos como
en el control de los flujos de información (la cultura McDonald),
y las culturas populares y sus formas de transmisión y resistencia
(Ford). El horizonte latinoamericano está marcado políticamente
por la teoría de la dependencia desarrollada por Cardoso y Faletto
a fines de la década de 1960 (Forastelli) y culturalmente por una
percepción aguda de los fenómenos de naturaleza básicamente
heterogénea de mestizaje y traducción como matriz cultural,
sin caer en lo autóctono (Abril, Grosfoguel).
La definición misma de cultura se vuelve tensional y dinámica,
prefigurando la influencia posterior y decisiva que ejercerán los
rusos M. Bajtín y Y. Lotman (Tlostanova). Revistas latinoamericanas
como Marcha, Los Libros, Lenguajes de cuya fundación se cumplen
precisamente treinta años Comunicación y Cultura o
Crisis serán el espacio de un debate que atraviesa toda la década
de 1970 sobre políticas e identidades culturales, en el intersticio
que dejaron las diferentes dictaduras continentales. Pour mémoire
para los jóvenes lectores, hubo una época en la que tener
estas revistas en la biblioteca era subversivo. Otro rasgo
distintivo y diferenciador es la articulación de los gigantes televisivos
privados, como la brasileña O Globo o la mexicana Televisa, con
la producción y difusión de productos de fuerte identidad
e identificación como lo son las telenovelas, que plantearán
el tema de la constitución de los públicos y de las audiencias,
pero también el de la contaminación de los géneros
(Imbert).
El problema de la identidad, consustancial a la problemática latinoamericana,
se desplaza de ser una variable de clase (y en consecuencia leída
desde la sociología o la política) a ser una construcción
donde intervienen diferentes dimensiones simbólicas, en tanto que
los medios (de información, de entretenimiento) cristalizarán
una forma de representación y un sistema de contenidos y valores.
La temprana reflexión de Eliseo Verón desde la semiología
recordando que los fenómenos superestructurales son una articulación
extremadamente compleja de prácticas productivas (1974, 1978)
y de Jesús Martín Barbero desde los estudios culturales
(1987) son un punto de confluencia de ambos paradigmas hacia una atención
teórica central a la transformación social que representan
los fenómenos de mediatización/mediaciones, donde los medios
se vuelven constructores centrales activos y no sólo difusores
de representaciones colectivas de la cotidianidad y del lazo social. Martín
Barbero pondrá en duda la capacidad de los estados para controlar
los procesos de gestión cultural, por lo que también la
noción de frontera cultural se vuelve problemática. Públicos,
audiencias, espectadores negocian permanentemente saberes e identidades,
tácticas de acomodamiento y de supervivencia (Colaizzi). La semiótica
verá que muchos de sus postulados, como el de la competencia desigual
entre emisores y receptores, el de su inscripción en el texto,
o los clásicos conceptos de código y de semisimbolismo,
permearán el instrumental teórico de los estudios culturales
en forma inconfesada (Demaria). Por su parte los medios y los flujos de
información globales producen desterritorialización y migraciones
a gran escala. Así, un tema clásico y crucial de la década
de 1960 como el de la identidad cultural es analizado en este número
por los brasileños Renato Ortiz y Muniz Sodré al estudiar
la construcción de nuevos referentes identitarios, como la religión
y el traspaso de las fronteras que realiza la música (transmigraciones
africanas, caribeñas y brasileñas), o la cultura joven (sincretismos
urbanos de modas y tendencias [Méndez-Rubio]). América latina
ha sido siempre una región de heteroglosias.
Otro concepto teórico clave ha sido sin duda el de procesos de
hibridación, alternativo del norteamericano de multiculturalidad,
que vienen de la antropología, para describir los procesos socioculturales
de intercambio característicos de finales del siglo xx. Para Néstor
García Canclini (1990) lo híbrido (mezcla cultural) es un
rasgo típico de la cultura latinoamericana y de la cultura tout
court, término que le parece más fecundo que el de mestizaje
(limitado a la mezcla de razas), o el de sincretismo (fusión de
elementos simbólicos), porque presupone la idea de una estrategia
de apropiación cultural de las clases dominantes y de las populares,
y se comprende en relación con una constelación de conceptos
como modernidad/modernización/modernismo o diferencia/desigualdad.
Del mismo modo que el espectador negocia significados e identidades, el
actor social está confrontado a estrategias de reconversión
económica y simbólica, en un ejercicio de traducción
permanente donde cierta literatura de frontera se vuelve ejemplar (McGuirk).
Tres elementos parecen decisivos en el escenario de las ciencias sociales
que intenten trabajar la articulación entre los fenómenos
sociales y políticos y los productos culturales: la transformación
de los Estados Unidos en una hiperpotencia y su control casi exclusivo
sobre las formas de producción de entretenimiento e información,
la transformación de las relaciones culturales en relaciones de
mercado, la desregulación de los medios y la transformación
de los controles democráticos sobre el espacio público como
la construcción social a escala global de la noción de terrorismo
o guerra (Escudero, Peñamarín).
Mucha agua ha pasado bajo el puente y es extremadamente difícil
en el marco de estas páginas realizar un balance de la renovación
del espacio teórico y de los importantes cambios estructurales
que se han producido. El momento de recepción en los medios, la
etnografía de los públicos, la caída de la noción
de código (un triunfo de la ideología de lo inefable
dirá Eco), la aparición del concepto de enciclopedia y de
interpretación, que generan por su propia dinámica un acercamiento
con otras disciplinas de estudio del sentido, el descentramiento de las
identidades enunciativas y el corolario de una fragmentación de
las identidades políticas, la emergencia de una nueva sensibilidad
social como lugar de la diversidad y de la diferencia, un nuevo espacio
público. Se le puede criticar a la semiótica la disolución
del mundo social en exclusivamente discursivo, en un eclecticismo teórico
del que los estudios culturales también son cómplices. La
semiótica sería el momento estructural que describe
la primera modernidad, los estudios culturales el advenimiento de la globalización,
lo que explicaría también el cambio de modas y los éxitos
fulminantes. Se ha objetado que los estudios culturales, con su rápida
asimilación académica, su escasa problemática metodológica,
de trabajo empírico, y su abandono de todo proyecto crítico
de la sociedad a la que estudian, sin reales mecanismos de objetivización,
se han vuelto una nueva moda inofensiva ¿como lo fue la semiótica
en los años sesenta? y la buena conciencia del intelectual,
en una modernidad apolítica (Philo y Miller 2001). Armand Mattelart
(1996) observará con ironía que esta irrupción de
los estudios culturales en el medio académico, particularmente
anglosajón, se realiza en paralelo con la desaparición de
la figura del intelectual como conciencia crítica rol social
que se fue construyendo en los últimos doscientos años
y de la progresiva transformación de la universidad en institución
irrelevante. No podemos dejar de recordar que América latina es
una de las regiones donde la globalización y las políticas
neoliberales han hecho estragos durante la década de 1990, aumentando
dramática y conflictivamente la brecha entre ricos y pobres, entre
alfabetos y analfabetos de las nuevas tecnologías de la información.
Si la cultura es un lugar de luchas y conflictos, de fronteras porosas
y osmóticas y de traducciones tácticas y adaptativas,
el escenario del que da cuenta este número de deSignis se ha reformateado
testimoniando no sólo las mutaciones culturales sino también
las teóricas. Paolo Fabbri precisamente recuerda la voz que falta
en un (nuevo) diccionario de las ciencias sociales.
La Directora
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