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EL ANALISIS POLITICO
DEL DISCURSO: entre la teoría de la hegemonía y la retórica
Entrevista a Ernesto Laclau
“(...) creo que la retórica va a ser una disciplina
decisiva
en la reconstitución de las ciencias sociales
en la medida en que éstas abandonen cada vez más
-como ya lo están haciendo- su dependencia
de las distintas variantes de un paradigma substancialista.”
“De Seattle a Génova, nuevas formas de lucha social
están emergiendo en las que el internacionalismo
de las protestas es la repuesta directa
a la globalización del capital.”
¿Por qué lo político requiere una concepción ampliada de lo discursivo
como campo ontológico de constitución?
Permíteme aclararte, en primer lugar, un par de puntos acerca del
estatus de la categoría de “discurso” en nuestro enfoque. En primer término,
por discurso no entendemos sólo el lenguaje, escrito o hablado, sino toda
acción portadora de sentido. Esto hace que lo discursivo se yuxtaponga
pura y simplemente con lo social. Nuestro enfoque es, en tal sentido,
cercano a la noción de “juegos de lenguaje” en Wittgenstein, que incluyen
las palabras y las acciones con que las palabras están articuladas. En
segundo lugar, los juegos de lenguaje (lo discursivo, en nuestros términos)
no son totalidades autosuficientes sino que están constantemente contaminadas
por su interacción con otros juegos. Esto significa que toda instancia
discursiva se constituye siempre a través de desplazamientos tropológicos.
Respecto de lo político, nuestra posición es que lo político es el momento
de institución de lo social, tiene el estatus, si quieres ponerlo en esos
términos de una ontología de lo social. Esta institución no es, sin embargo,
un comienzo absoluto, como las teorías contractualistas lo pensaron; tiene
lugar siempre a través de una rearticulación de prácticas sedimentadas.
Es, en tal sentido, una institución hegemónica, no fundante. Si esto es
así, el momento hegemónico de institución será un momento de desplazamiento,
no de una creatio ex nihilo. Lo nuevo está presente, sin duda, en todo
desplazamiento, pero se tratará de una novedad tropológica retórica,
por tanto-, no de un comienzo radical. Pero si el momento político de
la institución requiere movimientos retóricos y éstos presuponen el discurso
como terreno de operación, está claro que el campo de lo discursivo (en
el sentido en que entendemos a este último) es un requisito indispensable
para entender lo político.
¿Cuáles son las raíces filosóficas de la noción de “discurso” que
ustedes emplean?
De un modo general podríamos decir, como lo he sostenido en otros trabajos,
que la historia intelectual del siglo XX se inició con tres ilusiones
de inmediatez de acceso “a las cosas mismas”. Esas tres ilusiones fueron
el referente, el fenómeno y el signo, y ellas dieron lugar a la filosofia
analítica, a la fenomenología y al estructuralismo, respectivamente. Pues
bien, la historia de estas tres corrientes es bastante similar: en cierto
momento, la ilusión de acceso a lo inmediato se disuelve y la salida de
esa crisis teórica es la afirmación de una u otra forma de mediación discursiva.
Es lo que ocurre, en el campo de la filosofia analítica, con las Investigaciones
filosoficas de Wittgenstein, en el campo de la fenomenología, con
la analítica existencial de Heidegger, y en el campo del estructuralismo
con la crítica postestructuralista del signo. En otro orden de cosas,
podría decirse que una transición comparable tiene lugar en la epistemología
en el movimiento que lleva del empirismo lógico a Popper, primero, y a Kuhn y Feyerabend más tarde, y en el campo del marxismo con
la emergencia del proyecto gramsciano.
Pues bien, nuestra nocion de “discurso” se ha alimentado de estas varias
tradiciones intelectuales, pero la que ha sido más decisiva en la formación
de nuestras categorías ha sido la tradición posestructuralista. En autores
tales como Barthes, Lacan y Derrida hay una crítica de la noción saussureana
de la correspondencia uno a uno entre significante y significado que ha
sido el terreno dentro del cual emergió nuestra perspectiva teórica. La
categoría central de nuestro análisis político es la categoría de “hegemonía”,
y la lógica en torno a la cual esta categoría se estructura esta dada
por la noción de “significante vacío”, es decir, de una particularidad
que asume la representación de una universalidad con la que es estrictamente
inconmensurable. Esto supone lo que hemos denominado lógicas equivalenciales,
que suponen la subversión de la relación significante/significado (la
barra que une y a la vez separa a ambos, lo cual, en la terminologia lacaniana,
obstaculiza y hace a la vez posible el proceso de significación).
¿Qué aspectos del análisis del discurso -concebido en un sentido más
operacional- han sido especialmente importantes en el desarrollo de su
enfoque?
Varios. Podría mencionar a la teoría de los performativos y, en un sentido
más general, de los actos de lenguaje, a varios aspectos de la articulación
entre las dimensiones paradigmática y sintagmática de la lengua -que se
vincula estrechamente a la dimensión que hemos establecido entre lógica
de la equivalencia y lógica de la diferencia- y a varios aspectos de la
semiología. Hay, sin embargo, un enfoque que ha sido crecientemente importante
en mi obra reciente y es el análisis retórico.
Como tú sabes, la retórica ha sido importante en varios autores contemporáneos
de cuya obra me siento cercano -por ejemplo, Derrida, Gérard Genette o
Paul de Man. En el caso de estos dos últimos ha habido un privilegio estructural
acordado a la metonimia sobre la metáfora (y, en de Man, una crítica a
la centralidad del símbolo en la tradición romántica). Y Derrida ha explorado
las potencialidades de la catacresis para el análisis teórico-lingüístico.
Pues bien, ambos énfasis coinciden con aspectos muy centrales a mi enfoque.
En Hegemonía y estrategia socialista, por ejemplo, hemos afirmado
que la hegemonía es esencialmente metonímica, en la medida en que la articulación
hegemónica supone relaciones contingentes de contigüidad que no se fundan
en ninguna analogía esencial. Claro está que toda metonimia contingente
intenta, en el caso de la relación hegemónica, hacer ese lazo lo más estable
posible -tiende, en tal medida, a esencializarlo- y así lo que inicialmente
fue una metonimia tiende a tornarse una metáfora. Pero, en todo caso,
esa instancia metonímica inicial es crucial para poder describir una relación
como hegemónica. En lo que se refiere a la catacresis, su rasgo distintivo
es que es un término figural al cual no corresponde ninguno concebible
en términos de literalidad (hablar, por ejemplo, de las “alas de un edificio”
implica un desplazamiento retórico, pero no hay ningún término literal
que pudiera reemplazarlo). Por eso he sostenido, siguiendo en parte a
toda una corriente de la retórica moderna, que la catacresis no es, estrictamente
hablando, una figura retórica específica ya que podemos hablar (tal como
Fontanier lo hace) de catacresis de metáfora, de metonimia, de sinécdoque,
etc. Esto es muy importante en mi análisis por cuanto, si se pone -como
creo que hay que hacerlo- en cuestión la distinción entre lo literal y
lo figural, la catacresis pasa a ser una dimensión constitutiva de todo
lenguaje. Esto significa, volviendo al análisis político, que toda relación
social es, en la última instancia, hegemónica.
De un modo más general, creo que la retórica va a ser una disciplina decisiva
en la reconstitución de las ciencias sociales en la medida en que éstas
abandonen cada vez más -como ya lo están haciendo- su dependencia de las
distintas variantes de un paradigma substancialista. Si esto no es aún
enteramente visible hoy en día, es por la persistencia de un prejuicio
-anclado en la ontología clásica- según el cual la retórica afecta tan
sólo la superficie del lenguaje, que es tan sólo el “adorno” de una realidad
que se constituye al margen de lo figural. Pero si lo figural, por el
contrario, es considerado como constitutivo de lo discursivo, y el discurso
es visto como el terreno mismo de constitución de lo social, ya no es
posible marginalizar a la retórica del modo que se lo ha hecho hasta el
presente.
Volvamos por un momento a tu noción de la realidad social como discursiva.
¿Cómo se relaciona este enfoque con la idea derridiana de que no hay nada
fuera del texto? ¿Y qué relación mantiene ello con la afirmación -que
se encuentra en sus trabajos- de que la sociedad no existe?
Yo no tengo ningún desacuerdo con la noción derridiana de que no hay hors
texte. Esto coincide, aproximadamente, con mi noción de discurso a
la que tú haces referencia. Lo único que añadiría es que los discursos
no son espacios saturados, es decir, que están penetrados por límites,
por aporías, que no son representables dentro de su espacio simbólico.
La distinción lacaniana entre lo “simbólico” y lo “real” es claramente
pertinente a este respecto. Lo real implica un límite a la representación,
límite que, sin embargo, requiere ser representado, pero sólo consigue
hacerlo -dado que no hay un objeto positivo que pudiera manifestarse de
un modo directo a través del
lenguaje- a través de la distorsión de los medios de representación. Con
esto estamos nuevamente en el campo de lo figural, de lo retórico, al
que nos refiriéramos antes. Creo que esto también aclara en qué sentido
la sociedad no existe: puesto que los límites de la representación -que
son también los límites de la estructuración de lo social- son constitutivos,
no hay un objeto -sociedad- que pueda ser aprehendido de modo inequívoco.
Hay sólo lógicas estructurantes y desestructurantes que se subvierten
mutuamente y que no confluyen en ningún punto de articulación que pudiera
hacerlos acceder a la positividad de un objeto.
En lo que se refiere a esta cuestión de los límites de la representación
-y, por lo tanto, de la objetividad de lo social- mi posición ha variado
en los últimos años. En Hegemonía y estrategia socialista identificamos
este punto de subversión constitutiva de lo social con la noción de antagonismo:
los antagonismos sociales no serían relaciones objetivas sino relaciones
en las que se mostrarían los límites de toda objetividad. Es por eso que
nuestro análisis tuvo gran éxito en los círculos lacanianos: ellos vieron
en nuestra categoría de antagonismo una especie de redescubrimiento de
la noción lacaniana de lo real. Si bien no estoy enteramente en desacuerdo
con esta lectura, en años recientes me ha parecido un poco limitada: ya
no veo el antagonismo social como al límite constitutivo de lo social
sino como a un intento de dominar discursivamente ese límite. Construir
a alguien como a un enemigo es, de alguna manera simbolizarlo; puede ser
visto como un intento de lo simbólico de domesticar a lo social. Por eso
en mis trabajos más recientes he intentado referir la idea de un límite
constitutivo de lo social a la noción de dislocación, respecto
a la cual el antagonismo sería simplemente una estrategia de control discursivo.
¿Cuál sería la relación entre su teoría de la hegemonía y el campo
de los estudios culturales, que se han expandido tanto en el mundo anglosajón
en los últimos treinta años?
Digamos, en primer término, que se trata de desarrollos paralelos sin
que exista ningún tipo de filiación específica. Los estudios culturales,
tal como se iniciaron en la tradición liderada por Stuart Hall, y continuada
por estudiosos como Larry Grossberg, comparten con mi enfoque ciertos
puntos comunes -tales las referencias a Althusser y a Gramsci. Ellos han
sido indudablemente influidos por mis trabajos -desde la publicación,
en 1977, de Política e ideología en la teoría marxista- y yo a
mi vez he encontrado en sus análisis históricos y sociales una rica fuente
de inspiración empírica. Pero está lejos de tratarse de una tradición
unificada. La teoría del discurso tal como la hemos desarrollado en nuestros
trabajos es ajena a la corriente de los estudios culturales, que nunca
la ha aceptado enteramente -si bien las diferencias se han ido reduciendo
a este respecto, con el paso del tiempo. Por otro lado, la referencia
psicoanalítica, que es fundamental en mis trabajos, está totalmente ausente
en la obra de Hall y sus discípulos. El punto en que las convergencias
y los entrecruzamientos han sido particularmente importantes y fructíferos
es en el análisis político. Los estudios de Hall sobre el thatcherismo,
por ejemplo, son de una gran importancia y mis desacuerdos con ellos son
prácticamente inexistentes.
Pasando,
entonces, al campo político: ¿cómo ve todo el movimiento contemporáneo
de constituir políticas identitarias a partir de la fragmentación multicultural?
Mi posición al respecto es un tanto ambivalente. Por un lado, todo mi
enfoque va en la dirección de ver en la fragmentación multicultural un
avance respecto de los sujetos homogéneos, clasistas, con los que operaba
la izquierda clásica. A partir de Hegemonía y estrategia socialista
hemos insistido en que hay una pluralidad de posiciones de sujeto -raciales,
sexuales, institucionales, etc.- que son la sede de una pluralidad de
antagonismos y, por consiguiente, de otras tantas reivindicaciones. La
construcción de una hegemonía democrática debe ser concebida, en nuestra
opinión, a partir de la construcción de cadenas de equivalencia entre
esta pluralidad de reivindicaciones. En tal sentido, hay en nuestra perspectiva
el reconocimiento de una heterogeneidad constitutiva de los sujetos políticos
que es inasimilable a la noción de sujeto emancipatorio del marxismo,
que era el resultado de una proletarización derivada de la creciente simplificación
de la estructura social bajo el capitalismo.
La ambivalencia está dada por la siguiente consideración. Precisamente
porque los sujetos sociales son heterogéneos, no hay ninguna garantía
a priori de que sus demandas se articularán en una cadena de equivalencias
democráticas -pueden, por el contrario, moverse en cualquier dirección,
incluso en una dirección autoritaria. El desarrollo de un populismo de
extrema derecha en la Europa contemporánea es un claro testimonio de ello.
Esto significa una contingencia radical que da toda su significación al
carácter constitutivo de la estrategia hegemónica en la construcción de
lo político -simplemente no hay garantías de que el proceso histórico
habrá de moverse en una dirección u otra.
Hoy en día ciertas voces -por ejemplo la de Slavoj Zizek- ven en esta
pluralización de las posiciones
de sujeto los peligros a los que acabamos de apuntar, pero reaccionan
frente a ellos con una pretendida vuelta a los sujetos clasistas del marxismo
clásico. Esta reacción es enteramente fútil. La clase obrera en el sentido
clásico es un sector declinante en todas las sociedades occidentales -y
nunca ocupó un puesto central en las de la periferia capitalista. Negar
los hechos es perder el tiempo. El problema político de la izquierda contemporánea
es cómo construir estrategias políticas viables a partir de una heterogeneidad
constitutiva que es el terreno en el que las luchas sociales de nuestro
tiempo tienen lugar.
¿Podría generalizar tu análisis a los problemas actuales que la globalización
y el apogeo del neoliberalismo plantean a las luchas sociales?
Sin duda. He insistido antes en la centralidad de la categoría de dislocación.
Pues bien, los procesos de globalización pueden ser vistos en términos
de una generalización de las dislocaciones estructurales a nivel planetario.
Vivimos en sociedades en que los límites naturales -y esos otros límites
cuasi-naturales que están dados por la organización tradicional de las
sociedades- retroceden rápidamente. La técnica nos hace cada vez más dueños
de nuestro propio entorno y de nuestra propia historia pero, paradójicamente,
ese nosotros que es dueño de su entorno y su historia no es una entidad
social coherente sino que está profundamente dividido y alienado, de modo
tal que su propia capacidad
de control es la fuente de dislocaciones y antagonismos cada vez más profundos.
Los efectos de un dominio técnico cada vez más independiente de todo control
social están a la vista: la proliferación de puntos antagónicos de ruptura
frente a los cuales los mecanismos tradicionales de integración social
se revelan como impotentes. De Seattle a Génova, nuevas formas de lucha
social están emergiendo en que el internacionalismo de las protestas es
la repuesta directa a la globalización del capital. La creación de formas
alternativas de control social es el objetivo central de las luchas anticapitalistas
contemporáneas.
Desde Londres, entrevistó Guillermo Olivera
Ernesto Laclau es Professor de Teoría Política en la Universidad
de Essex (Inglaterra) donde dirige el Programa Doctoral en Ideología
y Análisis de Discurso. También es Profesor Visitante en la Universidad
de Viena y en el Departamento de Literaturas Comparadas de la Universidad
de Buffalo (Estados Unidos). Ha publicado Política e ideología en la
teoría marxista (1977),
Hegemonía y estrategia socialista
(1985, en colaboración con Chantal Mouffe), Nuevas reflexiones
sobre la revolución de nuestro tiempo,
The Making of Political Identities
(1994), Emancipación y diferencia y Contingency, Hegemony, Universality
(2000, en colaboración con J. Butler y S. Zizek). En marzo de 2002 aparecerá
su próximo libro, The Populist Reason.
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